A veces nos vemos obligados a sentir dolor solo por el simple hecho de ser débiles y cobardes;
preferimos huir por la vía rápida aun cuando sabemos que nos alejamos de algo [alguien] que nos hace
inmensamente felices y que no podremos olvidar y por lo cual lloraremos y nos lamentaremos inútilmente cuando estemos ahogados en nuestra estúpida vidita convencional y apacible, sonriendo por inercia,
complacientes
[pelotudos].
Preferimos sufrir a perder nuestra seguridad.
¿Qué tememos?
Acaso perder el amor que estamos
acostumbrados a recibir.
Alguien que te ama no puede,
o no debería,
odiarte por intentar ser feliz.
Pero
¿y si lo hacen?
Es así como nos alejamos de esas oportunidades, de esos ojos, de esas manos, de esos besos que tanto estremecen nuestro interior
y nos vamos quedando,
de a poco,
cada vez más solos,
más tristes,
más frustrados,
más grises,
más muertos:
muertos vivos que deambulan por
las calles; las calles que a veces,
muy pocas veces;
a solas, ocultos, en silencio, recuerdan que tenían un brillo,
que traían unos ojos, unas manos y unos besos que les provocaba algo (¿qué era?)
pero fue hace tanto;
"pensemos en otra cosa",
tenemos las cuentas, el horario,
el "ring" del teléfono,
el "bip" del despertador, el marido
[¿el marido?] -"¿por qué me casé con él?"- [¡cobarde¡]
Y como un rayo se nos cruza
esa tarde de otoño de hace tantos otoños que dejamos escapar,
-"¿por qué me casé? ¿por qué con él?"
Pero en seguida otra vez la realidad, los hijos, la reunión del comité, la de liga de amas de casa, el
terapeuta, el abogado
¡LA PUTA SOLEDAD!
Con sus ligas rojas nos sedujo hasta encerrarnos en un cruel vacío de gente que va y viene…
Tarde, muy tarde
y ya no despertaremos.
El miedo,
ese miedo constante nos convirtió en zombis, aunque ahora ya no importa porque ya no recordamos,
creemos que somos felices,
tenemos lo necesario:
una casa,
una familia propia,
una buena relación
con los padres
¿no es eso la felicidad?
[¡NO!]
Pero no importa,"tengo salud y si no, tengo obra social"
¡Qué estupidez!
¡¿A qué precio?!!
Ya nos olvidamos de toda la pena, de todo el llanto, de la melancolía, de cómo extrañamos.
-"¡pero soy una mujer respetable, che!"
¡qué importante!
y lo peor no es hacérselo creer al resto, no, lo peor es que nosotros mismos nos lo comemos como el más tentador manjar, nos lo tragamos como el agua más fresca después de una semana en el desierto
¡qué patético!
Pero está bien, todo crimen debe ser debidamente castigado y nosotros somos culpables.
Culpables de habernos negado la posibilidad de ser felices,
culpables de haber mentido, culpables de tener miedo
y estamos pagando nuestras deudas, purgando nuestras culpas,
limpiando nuestras almas en un sucio
infierno más real que vos y yo que nos anulamos crudamente
-"al menos no me suicidé, che; eso es un pecado mortal"
¡Bazofia!
¿El posible infierno después de la muerte o éste en el que nos hundimos?
"Matarse es de cobardes!"
y dar la espalda a nuestra alegría por evitar perder la rutina ¿no?
¡Qué llenos de mierda estamos!
Pero así nacimos, así crecemos y así nos moriremos, sin nada importante en nuestras ridículas existencias y si algo realmente relevante se nos aparece le huimos, lo aniquilamos sin
escrúpulos, lo arrancamos fríamente pedazo a pedazo de nuestro ser,
lo descuartizamos,
lo pisoteamos,
lo escupimos.
Y así
a veces
nos encontramos dando vueltas por una plaza con las ropas hechas jirones,
fumando colillas halladas en el piso, hablando solos a los recuerdos; preguntando dónde fueron, dónde se ha ido, por qué lo hemos dejado.
Otras veces encerrados 8 horas, bebiendo café aguado, soportando
un mal jefe, apilando papeles, inventariando, discutiendo con el de la mesa de al lado sobre la relevancia de cobrar impuestos mayores en los chicles de fruta, preguntándonos (siempre solos) ¿cómo carajo llegamos a ser tan miserables?
El escenario cambia, la escenografía, los personajes, el texto superficial,
pero en esencia la historia es exactamente la misma; no importa hacia donde miremos, nos
encontraremos con sus rostros, gastados, sin asombro, desesperanzados y nos veremos como en un espejo y quizás,
para un suplicio supremo,
nos daremos cuenta que no debimos dejarlo pasar y
entenderemos
que a veces
es mejor la ignorancia.
preferimos huir por la vía rápida aun cuando sabemos que nos alejamos de algo [alguien] que nos hace
inmensamente felices y que no podremos olvidar y por lo cual lloraremos y nos lamentaremos inútilmente cuando estemos ahogados en nuestra estúpida vidita convencional y apacible, sonriendo por inercia,
complacientes
[pelotudos].
Preferimos sufrir a perder nuestra seguridad.
¿Qué tememos?
Acaso perder el amor que estamos
acostumbrados a recibir.
Alguien que te ama no puede,
o no debería,
odiarte por intentar ser feliz.
Pero
¿y si lo hacen?
Es así como nos alejamos de esas oportunidades, de esos ojos, de esas manos, de esos besos que tanto estremecen nuestro interior
y nos vamos quedando,
de a poco,
cada vez más solos,
más tristes,
más frustrados,
más grises,
más muertos:
muertos vivos que deambulan por
las calles; las calles que a veces,
muy pocas veces;
a solas, ocultos, en silencio, recuerdan que tenían un brillo,
que traían unos ojos, unas manos y unos besos que les provocaba algo (¿qué era?)
pero fue hace tanto;
"pensemos en otra cosa",
tenemos las cuentas, el horario,
el "ring" del teléfono,
el "bip" del despertador, el marido
[¿el marido?] -"¿por qué me casé con él?"- [¡cobarde¡]
Y como un rayo se nos cruza
esa tarde de otoño de hace tantos otoños que dejamos escapar,
-"¿por qué me casé? ¿por qué con él?"
Pero en seguida otra vez la realidad, los hijos, la reunión del comité, la de liga de amas de casa, el
terapeuta, el abogado
¡LA PUTA SOLEDAD!
Con sus ligas rojas nos sedujo hasta encerrarnos en un cruel vacío de gente que va y viene…
Tarde, muy tarde
y ya no despertaremos.
El miedo,
ese miedo constante nos convirtió en zombis, aunque ahora ya no importa porque ya no recordamos,
creemos que somos felices,
tenemos lo necesario:
una casa,
una familia propia,
una buena relación
con los padres
¿no es eso la felicidad?
[¡NO!]
Pero no importa,"tengo salud y si no, tengo obra social"
¡Qué estupidez!
¡¿A qué precio?!!
Ya nos olvidamos de toda la pena, de todo el llanto, de la melancolía, de cómo extrañamos.
-"¡pero soy una mujer respetable, che!"
¡qué importante!
y lo peor no es hacérselo creer al resto, no, lo peor es que nosotros mismos nos lo comemos como el más tentador manjar, nos lo tragamos como el agua más fresca después de una semana en el desierto
¡qué patético!
Pero está bien, todo crimen debe ser debidamente castigado y nosotros somos culpables.
Culpables de habernos negado la posibilidad de ser felices,
culpables de haber mentido, culpables de tener miedo
y estamos pagando nuestras deudas, purgando nuestras culpas,
limpiando nuestras almas en un sucio
infierno más real que vos y yo que nos anulamos crudamente
-"al menos no me suicidé, che; eso es un pecado mortal"
¡Bazofia!
¿El posible infierno después de la muerte o éste en el que nos hundimos?
"Matarse es de cobardes!"
y dar la espalda a nuestra alegría por evitar perder la rutina ¿no?
¡Qué llenos de mierda estamos!
Pero así nacimos, así crecemos y así nos moriremos, sin nada importante en nuestras ridículas existencias y si algo realmente relevante se nos aparece le huimos, lo aniquilamos sin
escrúpulos, lo arrancamos fríamente pedazo a pedazo de nuestro ser,
lo descuartizamos,
lo pisoteamos,
lo escupimos.
Y así
a veces
nos encontramos dando vueltas por una plaza con las ropas hechas jirones,
fumando colillas halladas en el piso, hablando solos a los recuerdos; preguntando dónde fueron, dónde se ha ido, por qué lo hemos dejado.
Otras veces encerrados 8 horas, bebiendo café aguado, soportando
un mal jefe, apilando papeles, inventariando, discutiendo con el de la mesa de al lado sobre la relevancia de cobrar impuestos mayores en los chicles de fruta, preguntándonos (siempre solos) ¿cómo carajo llegamos a ser tan miserables?
El escenario cambia, la escenografía, los personajes, el texto superficial,
pero en esencia la historia es exactamente la misma; no importa hacia donde miremos, nos
encontraremos con sus rostros, gastados, sin asombro, desesperanzados y nos veremos como en un espejo y quizás,
para un suplicio supremo,
nos daremos cuenta que no debimos dejarlo pasar y
entenderemos
que a veces
es mejor la ignorancia.
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